«Una sola palabra sugiere mil imágenes», José M. Ramírez, autor de ‘Diálogo y valoración. La hipótesis axiológica’
En Diálogo y valoración. La hipótesis axiológica, (Lingua & Semiosis 2023), José M. Ramírez despliega una tesis audaz que cohesiona de manera orgánica filosofía del lenguaje, semiótica y pragmática humanista en un viaje hacia los fundamentos valorativos del diálogo humano. Su ensayo, lúcido, elaborado y de alto calado teórico, plantea que toda interacción lingüística está normada por dos principios esenciales: la Semejanza y la Autonomía. A través de un enfoque interdisciplinar, que integra a figuras como Habermas, Halliday o Van Dijk, y se enriquece con el análisis de la obra de Ramón y Cajal, Ramírez invita a repensar los cimientos del pensamiento, el arte y la ideología.
Su obra postula que el diálogo humano está normado por los principios de Semejanza y Autonomía. ¿Cómo estos conceptos reconfiguran nuestra comprensión de la interacción lingüística?
En lenguaje no formal, la hipótesis axiológica o valorativa sostiene que los interlocutores somos semejantes y autónomos. Nos valoramos mutuamente.
Saussure fundó la lingüística contemporánea a principios del siglo xx proponiendo la lengua, en su caso el francés, como norma del proceso de intercambio de significados más amplio que llamamos lenguaje. Fue una decisión metodológica, para evitar la dispersión de la lingüística en especialidades.
Sin embargo, el significado que comprimimos en palabras es apenas la punta del iceberg de todo lo que expresamos y comunicamos. Una sola palabra sugiere mil imágenes. Hay toda una serie de elementos del contexto, de la realidad, tanto cultural como cognitiva, que hacen posible la producción y comprensión de un sencillo enunciado.
Ha habido en el último siglo varias propuestas sobre las normas pragmáticas del lenguaje, desestimadas una tras otra. Defiendo que Semejanza y Autonomía son estas normas. Estos principios de valor son abstracciones de toda una serie de características y rasgos presentes en nuestros intercambios y que he constatado en numerosos textos, de todo tipo.
En el contexto de la llamada “pragmática humanista”, ¿qué lugar ocupa la emoción dentro del diálogo racional y científico?
Es una pregunta difícil, casi diría que imposible de contestar en unas pocas líneas. Por emoción se suele entender una reacción emocional breve e intensa. Me gusta poner como ejemplo aquel magnífico “¡Eureka!” de Arquímedes de Siracusa. ¿Acaso puede haber pensamiento científico sin asombro, sin extrañeza? Sabemos que dos y dos son cuatro, aunque a veces las circunstancias, como al personaje de Orwell, nos obliguen a gritarlo¡. No es la emoción el obstáculo para el conocimiento científico ni para la verdad, sino las mil máscaras de los intereses y de la ideología.
Entendamos la emoción, en su sentido etimológico, como un movimiento del ánimo. Los seres humanos tendemos a idealizarnos, intuimos a veces que nuestro pensamiento es etéreo, ajeno a nuestro cuerpo. En realidad, el lenguaje y el pensamiento tienen una base social y cultural y una base psíquica, neuronal. En todo subyace una base física, una vibración permanente de las cosas. Somos microcosmos, organismos inteligentes que intercambian significados en un ecosistema cultural. Esto es aplicable también a los científicos. ¡Somos humanos, no dioses! La verdad misma es un ideal al que aspiramos. Hay un movimiento, una emoción en busca de la verdad, siempre huidiza.
Sin empatía no hay plena comprensión. Situarse en una experiencia o perspectiva que no es la nuestra es indispensable para comprender un nuevo enunciado, aunque no estemos de acuerdo con él. Esta empatía cognitiva se constata en análisis de textos científicos. La misma lectura de un texto es dinámica, requiere de un movimiento del ánimo, una fluctuación emocional. Es cierto que los enunciados formales de la ciencia tienden a neutralizar la expresión de emociones, pero esa tecla y ese estímulo están siempre ahí.
¿Cree que la Pragmática Universal de Habermas fracasó precisamente por no considerar la dimensión valorativa-emocional que usted rescata?
Todo verdadero filósofo, como todo verdadero científico, sabe que sus teorías están sometidas a debate y que, en el mejor de los casos, se matizarán y rectificarán. Y Jürgen Habermas es uno de los grandes filósofos de la historia.
Pensadores como Philip Kitcher ya han señalado esta carencia de la teoría de la acción comunicativa de Habermas, que ha sido muy cuestionada en las últimas décadas desde el terreno de la filosofía. Yo he tenido la buena estrella de llegar a su pensamiento con el equipaje de teorías lingüísticas muy actuales. La teoría de Habermas es ya valorativa, pero los análisis lingüísticos ofrecen pruebas de que hay más esferas de valor que las indicadas por él.
La hipótesis axiológica se construye sobre un estudio profundo de la obra de Ramón y Cajal. ¿Qué revelan sus textos científicos sobre los vínculos entre arte, ciencia y valoración?
Todos los enunciados y textos, sean del arte o la ciencia, son valorativos. Puede haber y hay arte en la ciencia, como en los bellos dibujos de Cajal que representan neuronas. Ahora bien, la formalidad de un texto científico no reproduce la realidad misma, sino que la mide o valora y la hace comprensible para un interlocutor. Lo que diferencia a las actividades científica y artística es sobre todo el propósito que prevalece, la finalidad dominante: la ciencia busca la verdad sobre un fenómeno, mientras que el arte busca representar algún tipo de belleza. Verdad y Belleza son principios de valor.
¿Puede explicarnos de qué manera el lenguaje visual, el urbanismo o la música también responden a las estructuras valorativas que propone?
En el fondo de todo lenguaje hay una experiencia y una intención, que es, puede decirse, el valor motor, aquel que tira del tren del lenguaje y lleva consigo todo lo demás: es un propósito, un deseo.
Intentaré tan sólo poner unos ejemplos y sugerir la reflexión.
Igual que la lectura de un texto es dinámica, un buen cuadro o una hermosa fotografía nos invitan a seguir un camino. No vemos, sino que miramos, empapamos de emoción la imagen. El artista se sitúa a menudo en la perspectiva del espectador: da ese paso atrás, pincel y paleta en la mano, alejándose del lienzo, para mirarlo con cierta distancia. Se anticipa así a nuestra mirada.
La música es el más corporal y afectivo de los lenguajes. Pura vibración emocional, puro sentimiento. Se suele decir que es un lenguaje universal, aunque pienso que esto no es del todo cierto. Las culturas musicales clásicas de India y Europa están alejadas. A un indio, acostumbrado a valores sonoros más matizados, el piano de Beethoven o de Chopin le puede sonar desafinado. Desde luego que esa brecha cultural se puede saltar. Seguro que un indio puede acabar disfrutando de un buen concierto de piano, como un europeo o un americano pueden disfrutar de una melodía de sitar.
El urbanismo es una actividad en la que es fundamental la función motivadora de los valores. Pensemos en el enorme impacto que un proyecto urbanístico tiene para el diálogo, para la interacción social. La planificación de una plaza, un parque, un vial, un puente que une las dos riberas de un río. Me viene a la memoria la excelente novela Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric.
Como intento argumentar en Diálogo y valoración, la democracia es el sistema que institucionaliza los valores humanistas, es decir, el diálogo. Creo que no es casualidad que el primer urbanista conocido de la historia, Hipodamo de Mileto, fuera el encargado de la planificación del barrio portuario de Atenas, la primera democracia de la historia.
¿Qué implicaciones políticas tiene una teoría del lenguaje que sitúa la igualdad y la libertad como fundamentos del diálogo universal?
La teoría del diálogo y la valoración abandona por completo el individualismo mal entendido, de tipo metafísico, así como las interpretaciones comunitaristas de la igualdad. Ni la libertad es propia de un yo aislado, ni el mero hecho de ser miembros de una comunidad nos convierte en iguales. Por otro lado, señala que la igualdad y la libertad se activan a la vez en el diálogo, en la interacción social: son inseparables. No son principios ideológicos, propios de grupos, sino dialógicos, pues emergen en el diálogo.
En su ensayo se apunta a una redefinición del concepto de ideología. ¿Cómo distingue usted entre valoraciones sociales y construcciones ideológicas?
El gran problema de hablar de ideología hoy es que este término está contaminado por usos políticos no muy rigurosos. Aclaro que un ideal es un tipo de valor muy abstracto, incluso vago, no una ideología, y que una ideología no puede definirse como un mero sistema de ideas o imágenes. Una taxonomía de pájaros no es una ideología. No todo grupo socio-político es necesariamente ideológico. Un sistema de ideas sociales y políticas puede llamarse ideario o, simplemente, modelo político. No todo es ideología. Los análisis me han llevado a definir la ideología como un proceso de restricción grupal del diálogo y la valoración. Intentaré explicarme y tendré que extenderme un poco.
La categorización es una necesaria y poderosa herramienta de identificación. Toda persona es muy compleja, y podemos ser categorizados de muchas maneras: por nuestras características físicas, gustos o preferencias, el trabajo, la renta, los orígenes familiares, la nacionalidad o una confesión religiosa, incluso por nuestro estado de ánimo, etcétera. En la categorización social, incluimos a la persona en un grupo humano más o menos organizado. Continuamente valoramos socialmente a otras personas y a nuestros interlocutores, a veces de un modo explícito, verbalizado, y otras veces de un modo implícito, callado. Sin embargo, con carácter general, nuestras acciones son multifactoriales, lo cual no impide que seamos conscientes de nuestros actos y, por lo tanto, responsables. Al atribuir un acto a una sola categoría social, puede incurrirse en un tipo de reduccionismo, un sociologismo vulgar. Un posible efecto secundario de esta herramienta es que al identificar, por ejemplo, a los autores de un acto delictivo por su confesión religiosa, su nacionalidad, su género, su etnia u otras categorías sociales, se tiende a extender tal acto a todos los miembros de ese grupo humano.
Es necesario indicar que los individuos no creamos ideología. Una persona puede haber desarrollado un prejuicio sobre los miembros de un grupo humano a causa de una mala experiencia previa. Es una actitud comprensible. Son las instituciones y los grupos organizados los que tienen la capacidad de producir e imponer ideología. Pienso que una cuestión clave que debe responderse al categorizar es si existe una relación de causa-efecto entre el grupo social y el acto. ¿Legitima el grupo social ese tipo de actos delictivos, los alienta, los encubre, los ordena…? Si no es así y una categorización inadecuada o abusiva se reitera, tiende a extenderse un prejuicio acerca de todos los miembros de ese grupo. Comienza a romperse el diálogo entre los miembros de dos grupos.
El prejuicio ideológico socava el puente entre dos grupos sociales y puede implicar una grave ruptura emocional en el seno de una comunidad. John Dewey ya observó ese proceso en el umbral de la Segunda Guerra Mundial. Ellos y nosotros. Ellos, los que roban, los que mienten, los que asesinan; nosotros, los robados, los engañados, los asesinados. Ellos, los ignorantes; nosotros, los que sabemos. Ellos, los que no controlan sus emociones; nosotros, los emocionalmente estables. No es el único recurso ideológico, pero sí muy habitual: el estereotipo y el prejuicio.
La guerra es ideológica por definición. Si un sistema de ideas político se orienta a la ruptura parcial o total del diálogo entre distingos grupos, entonces sí cabría llamarla ideología. Los sistemas totalitarios son ideológicos: el Estado invade la intimidad hasta la conciencia misma, presionando la autonomía del individuo e impidiendo que valore su propio contexto. Me vienen a la memoria otros dos ejemplos históricos extremos: la ideología estamental que sostuvo a los antiguos regímenes en Europa, y la ideología de castas tradicional hindú. Y Platón. El modelo de Estado que describe en sus obras tardías es una sociedad de cuerpos estancos, que no se comunican entre sí, un tipo de corporativismo tecnocrático. Fue su respuesta al humanismo que inspiraba a la democracia ateniense.
Pienso, en definitiva, que todo grupo social organizado está expuesto a una doble tendencia: una tendencia humanista, abierta al diálogo y la valoración, y una tendencia ideológica, que los restringe. Las propias democracias, que amparan el pluralismo, están expuestas a esta tensión.
Usted afirma que “los interlocutores somos semejantes y autónomos”. ¿Qué retos plantea esta afirmación en una época de polarización y tribalismo comunicativo?
Vivimos en una época de crisis muy evidente del modelo democrático liberal. Estoy algo de acuerdo con Churchill cuando, con otras palabras, venía a decir que la democracia es el menos malo de los sistemas posibles. Yo añadiría que es un sistema dinámico, que podemos o mejorar o empeorar. En términos políticos, se está pasando de la categoría de adversario, con el que se debate, a la categoría de enemigo. Algunos intelectuales irresponsables lavan la cara a sistemas autoritarios y a regímenes integristas. Creo que la gran cuestión política de nuestro tiempo es por qué las democracias han perdido su atractivo y por qué avanza de nuevo el viejo autoritarismo. La teoría del diálogo y la valoración puede ayudar a señalar los procesos ideológicos de acción-reacción en todos los ámbitos sociales y, sobre todo, a buscar soluciones creativas a los mil problemas y carencias de nuestras sociedades.
Su enfoque dialoga con las corrientes funcionalistas y contextuales de Halliday y Van Dijk. ¿Cómo articula usted ese diálogo teórico con su propuesta axiológica?
La lingüística sistémica y funcional aporta la mejor descripción de las gramáticas de los idiomas, los recursos de la valoración actitudinal y de los procesos lingüísticos y semióticos. Sin el modelo contextual de Van Dijk, que integra lo social y lo cognitivo, no habría podido desarrollar la hipótesis axiológica. Estoy en deuda eterna con estas dos teorías, que fueron mi punto de partida y que son insoslayables en los análisis. La propuesta valorativa es ecléctica: incorpora también elementos de la fenomenología, la lingüística cognitiva, la teoría de la relevancia, el dialogismo de Voloshinov o la noción de valor lingüístico de Saussure. Espero que en el futuro otros lingüistas y semiólogos de otros campos hagan sus aportaciones.
¿Cuál sería, a su juicio, el mayor malentendido contemporáneo en torno al concepto de “valor” y cómo espera que su ensayo contribuya a esclarecerlo?
Desde la metafísica platoniana, tiende a identificarse la valoración con lo subjetivo. No es así. También en la filosofía y la ciencia hay prejuicios difíciles de abandonar. Creo que 2500 años de contumacia son suficientes. La valoración y el valor son interaccionales.
Valorar, del modo más simple y general, es el acto de medir la realidad. Un valor es una imagen del mundo; el modelo o esquema mental con el cual valoramos un aspecto de las cosas.
Es cierto que persiste un grave malentendido sobre estos conceptos. En este momento, aplico la teoría del diálogo y la valoración, o pragmática humanista, al análisis de textos de la astronomía y la física. Magnitudes físicas como la longitud o la masa son valorativas. En el modelo de la pragmática humanista que estoy desarrollando, estas magnitudes constituyen una esfera de valor. Si digo que una cosa es muy grande, estoy haciendo una valoración de tipo actitudinal, que expone mi propia perspectiva o posición; si digo que mide 30 metros, estoy haciendo una valoración ideacional, con la unidad de medida convencional que llamamos metro.
La noción de valor lingüístico de Saussure es fundamental. Una categoría, por ejemplo la palabra “casa”, es un valor lingüístico. Si digo “hay una casa en el claro del bosque”, la casa que yo evoco o recuerdo y la que mi interlocutor conceptualiza son diferentes. Lo que he hecho es tan sólo incluir mentalmente esa cosa que estaba en medio del bosque en el grupo o categoría “casa”. La he clasificado. Quizás me equivoqué al valorarla, porque no es una vivienda, sino una pequeña edificación para guardar aperos de labranza. Estos errores de categorización delatan la valoración. El valor “casa” es una categoría estabilizada y consensuada en una comunidad lingüística. También las posiciones sintácticas son valorativas, el resultado de una medición de la realidad. Hay otros valores que son muy complejos y abstractos, como los principios Verdad, Belleza, Semejanza y Autonomía, o incluso compuestos de valores, como un modelo de carta o de artículo. O un modelo de entrevista.
* Winston, personaje de la novela 1984, de George Orwell, es obligado bajo tortura a decir, incluso pensar, que hay cinco dedos donde sólo se muestran cuatro.