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«Que la novela se publicara simultáneamente en catalán y castellano era una prioridad para mí», Mar Pastor

«Que la novela se publicara simultáneamente en catalán y castellano era una prioridad para mí», Mar Pastor

Mar Pastor nació en Macael (Almería) y actualmente vive en Barcelona, donde desarrolló gran parte de su trayectoria profesional como maestra y logopeda. Su vocación siempre ha estado ligada al lenguaje, a las emociones y a la capacidad de ayudar a otros a encontrar palabras para aquello que sienten.

Tras años escribiendo diarios, cuentos y relatos, da el salto a la novela con Personas normales, una obra intensa, singular, cinematográfica y valientemente humana ambientada en el distrito barcelonés de Sant Andreu.

Personas normales arranca con la muerte de Marina, una joven de diecisiete años ¿Por qué quiso partir de un hecho tan duro para construir la novela?

La decisión responde a la voluntad de partir de una estructura de in medias res, evitando la linealidad cronológica y situando al lector, desde la primera página, en el epicentro de la herida. La novela se inicia así con la muerte de Marina, un hecho definitivo, cargado de ecos y consecuencias que se extienden mucho más allá del instante en que ocurre.

La muerte de una persona joven siempre irrumpe con una violencia particular, pero adquiere una dimensión aún más inquietante cuando permanece envuelta en el misterio. Esa ausencia de explicación se convierte en una grieta que atraviesa a la familia, la desestabiliza y la obliga a enfrentarse a preguntas para las que no hay respuestas inmediatas.

Desde el hallazgo del cuerpo, la narración avanza acompañando a Alejandra, la madre, y a Clara, la inspectora, en una investigación que no solo busca esclarecer un hecho, sino también desentrañar el punto exacto en que la vida de Marina se quebró.

La novela adquiere así su densidad no únicamente por la muerte que la inaugura, sino por el tejido de emociones que despliega: el dolor, la sospecha, la culpa y la fragilidad de quienes quedan atrás, empujados a transitar una verdad que, a veces, hiere más de lo que revela.

 La historia transcurre en apenas veinticuatro horas ¿Qué le aportaba esa concentración temporal a nivel narrativo y emocional?

Aporta dramatismo y una gran tensión tanto narrativa como emocional.  La sucesión de los hechos en apenas veinticuatro horas hace que los acontecimientos se desarrollen de manera rápida y continua, sin apenas pausas, lo que contribuye a mantener una tensión constante. El lector percibe que todo ocurre de forma urgente, los personajes no tienen tiempo para reflexionar con calma, para tomar decisiones más cerebrales y menos emocionales, ni para escapar de los conflictos que viven.

Además, las emociones se sienten con mayor intensidad e inmediatez. Al suceder todo en tan poco tiempo, los problemas, decisiones y los enfrentamientos resultan más agobiantes y determinantes. También favorece que el lector se mantenga más implicado en la historia, ya que vive los hechos casi al mismo ritmo que los personajes.

En definitiva, la concentración temporal intensifica la acción, el suspense y el impacto emocional de la obra. De hecho algunos lectores me han comentado sus impresiones sobre la novela, y coinciden en que se quedaron enganchados desde el principio y no pudieron dejar la leer.

Alejandra, la madre de Marina se mueve impulsada por el dolor y la necesidad de entender ¿Cómo trabajó psicológicamente un personaje tan atravesado por la pérdida?

Esta novela nació a raíz de un sueño que tuve en el que sufría la perdida de una hija. Por suerte tengo dos hijos. No sé si de haber tenido una hija, habría podido escribir esta novela. En aquel sueño sentí esa pérdida como si fuera real, experimenté un dolor inmenso que me partía en dos.

A partir de esas emociones tan vívidas me resultó más fácil ponerme en la piel de Alejandra. También me ayudó todo lo que había aprendido a través de novelas, haber visto películas, series, noticias y haber investigado en torno a la pérdida y el duelo. Con ese bagaje me fui poniendo en la piel de una madre devastada por el dolor. Y lo fui haciendo escena a escena.

Alejandra es un personaje que ha ido creciendo capítulo a capítulo y adquiriendo una complejidad mayor. Escena a escena he conseguido dotarla de humanidad y verosimilitud. De hecho, algunos lectores me han comentado que habían vivido pérdidas similares y que, al leer la novela, revivieron situaciones especialmente traumáticas. Por eso motivo, en diferentes momentos estuvieron a punto de abandonar la lectura, ya que les resultaba muy duro reencontrarse con esas emociones. Y a mí, esos comentarios me ayudan porque veo que las emociones y sentimientos descritos son verosímiles.

Y aquí me gustaría recordar una cita de Carlos Ruíz Zafón sobre la lectura: «Los libros son espejos: solo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro».

 La lluvia está muy presente durante la novela, casi como un personaje más ¿Qué simboliza para usted dentro de la historia?

Es un personaje más y a la vez es el marco que delimita toda la acción de la novela y en el que se desarrolla la novela. Una vez acabada la tormenta se acaba la novela, o una vez acabada la novela se acaba la tormenta.

La lluvia suave, tempestuosa, incesante es un reflejo de los sentimientos y emociones de los personajes, los enmarca i/o subraya durante toda la novela.

Y es por ello por lo que escogí la cita de Murakami: “Y cuando la tormenta haya pasado, no recordarás cómo lo lograste, como sobreviviste. No siquiera estarás seguro de si la tormenta realmente ha terminado. Pero una cosa sí es segura: cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró. De eso se trata la tormenta”.

Alejandra no volverá a ser la misma tras esa tormenta impenitente que no la deja respirar, no la deja pensar, solo la impulsa a actuar, a moverse, a no parar. Pero intentará hacerlo bajo la apariencia de una persona normal.

 A medida que avanza la investigación aparecen secretos, contradicciones y mentiras familiares ¿Le interesaba explorar cómo una tragedia altera la imagen que tenemos de quienes nos rodean?

Sí, con frecuencia creemos conocer con cierta profundidad a quienes nos rodean, incluso llegamos a pensar que sabemos mucho más de lo que realmente sabemos; sin embargo, no es más que una ilusión, pues apenas alcanzamos a intuir lo que ocurre en el interior de cada persona. Todos habitamos una imagen que ofrecemos al mundo y en la que buscamos refugio. No obstante, hay acontecimientos que nos obligan a revelar esa otra cara, más oculta, que todos resguardamos con celo y que rara vez dejamos salir a la luz.

 La inspectora Clara Estruch representa la investigación oficial frente a la búsqueda emocional de Alejandra ¿Qué le permitía mostrar ese contraste de miradas?

He intentado construir una figura marcada por la profesionalidad y la aparente imparcialidad, aunque no sé si lo habré conseguido; serán los lectores quienes lo determinen. Bajo el traje de la profesionalidad laten corazones que sienten una multitud de emociones, emociones que intentan pasar desapercibidas, aunque no siempre lo logran.

Además, la investigación policial, más racional, metódica y serena, ofrece al lector una cierta tregua narrativa. Frente a ella, los capítulos centrados en la madre pueden resultar asfixiantes, capaces de dejar sin aliento.

 El título, Personas normales, resulta especialmente inquietante ¿Qué significa para usted ser una “persona normal”?

Es una pregunta compleja. Muchos de nosotros nos reconocemos en esa idea de ‘normalidad’, una etiqueta que nos reconforta y, en cierto modo, nos vuelve anónimos. Personas que no son noticia, que no destacan por lo excepcional ni por lo trágico. Ser ‘normal’ suele equivaler a encajar en el relato social de lo que se entiende como una vida correcta: trabajo, familia, estabilidad, ciertos hábitos, una casa, vacaciones, rutinas… Esa normalidad es, en parte, una construcción colectiva, casi un pacto silencioso. Vivimos con cierta calma mientras sentimos que nuestra vida se parece a la de los demás.

Esa etiqueta de ‘personas normales’ nos ofrece seguridad, pero también encierra una idea engañosa, porque la normalidad no es un estado estable, sino un equilibrio frágil. En este caso, la muerte de la hija rompe ese pacto. De pronto, la familia queda expulsada de ese territorio anónimo y seguro.

Tal vez las ‘personas normales’ sean, simplemente, aquellas a las que todavía no les ha ocurrido algo que las expulse de esa normalidad. Y después de la tragedia, ¿podrán seguir siendo personas normales?

Seguramente no, no al menos como lo eran hasta entonces. Pensarán de otro modo, sentirán de otra manera, mirarán el mundo con otros ojos; incluso el tiempo parecerá discurrir de forma distinta. Y, sin embargo, lo más profundamente humano quizá no sea que se conviertan en seres excepcionales o trágicos, sino que continúen preparando el café, yendo al trabajo, cuidando las plantas… Las pequeñas rutinas son una forma de decir: sigo aquí.

Creo que, cuando todo se resquebraja, repetir los gestos cotidianos puede convertirse en un acto de resistencia. No porque niegue el dolor, sino porque permite convivir con él sin que lo ocupe todo. Y también porque nos devuelve a nosotros mismos: es una manera de integrar lo vivido sin abandonar lo común. Las rutinas, en ese sentido, pueden ser una forma de reconstruirnos.

¿Cuánto de la normalidad es real y cuánto es una forma de actuar para que el mundo siga funcionando?

Quizá ser una persona normal consista precisamente en eso: vivir sin llamar demasiado la atención, sin que nadie mire de cerca las cicatrices, contradicciones o rarezas que todos llevamos dentro. Esto me recuerda las palabras de Jung: «Vivimos en una sociedad donde todos intentamos encajar tanto que dejamos de confiar en nuestro propio juicio».

Porque, en realidad, nos mostramos al mundo de una forma superficial la mayor parte del tiempo. Enseñamos aquello que encaja, lo que no incomoda, lo que no altera el equilibrio de nuestro entorno. Sin embargo, bajo esa apariencia social existen personas mucho más complejas: capaces de amar, de odiar, de sentir miedo, deseo, culpa, rabia o ternura de manera contradictoria y todo a la vez.

La normalidad, entonces, no sería tanto una verdad como una forma de organización colectiva. Una representación compartida que hace posible la vida cotidiana mientras cada persona guarda, en silencio, una parte más caótica, vulnerable y real de sí misma.

En la novela aparecen temas como la culpa, la corrupción o la hipocresía ¿Cree que las situaciones límite revelan quienes somos realmente?

Claro. Como decía anteriormente, existe una imagen más superficial que mostramos al mundo y otra más profunda, en la que habita una vida interior paralela, llena de emociones y sentimientos que a menudo no queremos reconocer. Y en las situaciones límite, donde ya no es la razón la que gobierna, sino el corazón el que toma el mando, creo que sí: pueden sacar tanto lo mejor como lo peor de cada uno.

El tema de la culpa es uno de los más potentes en la novela. Alejandra se siente culpable, y esa culpabilidad actúa como un catalizador que la empuja a una carrera frenética, sin saber hasta dónde la llevará ni en qué acabará convirtiéndola.

 Su experiencia profesional ha estado ligada a ayudar niños con dificultades de lenguaje ¿De qué manera cree que esta trayectoria ha influido en su forma de escribir personajes y emociones?

Pues creo que más de lo que pensaba. El trabajar con niños con sordera o trastornos de lenguaje y ayudarles a que aprendan a escoger la palabra más adecuada a cada contexto he descubierto que esa forma de entender el lenguaje está muy arraigada en mí, y que al escribir lo hago de una manera muy rigurosa.

Por eso soy muy precisa con las palabras y expresiones que uso. Hay muchas palabras y muchos sinónimos, y no paro hasta que encuentro la palabra que expresa de manera más fiel lo que quiero transmitir.

Otro hecho significativo es que la novela la escribí en catalán y después quise que viese la luz también en castellano. Me preguntaban si buscaría un traductor y tuve muy claro que no: quería hacer yo misma la traducción. ¿Por qué? Por lo mismo que he comentado antes. Sabía exactamente qué quería decir y necesitaba buscar la palabra o expresión que mejor reflejara lo que yo quería contar. Fue un trabajo arduo, pero creo que ha valido la pena. Evidentemente, en ambas versiones los correctores han sido muy importantes para detectar y corregir errores derivados de catalanismos y castellanismos.

Además, que la novela se publicara simultáneamente en las dos lenguas era una prioridad para mí. Cuando envié mi manuscrito a numerosas editoriales, seis de ellas me respondieron que estaban dispuestas a publicarlo. Algunas se comprometían a hacerlo en ambas lenguas, pero de forma consecutiva. Por eso, al final me decidí por Samarcanda, a la que estoy muy agradecida, porque me ofreció la posibilidad de que la novela viera la luz en catalán y castellano al mismo tiempo.

 Ha definido su trabajo como “ayudar a los niños a poner nombre a las cosas” ¿Considera que la literatura también sirve para nombrar aquello que muchas veces no sabemos expresar?

Sí, muchas veces la literatura es un espejo silencioso en el que descubrimos emociones que habitaban en nosotros sin tener nombre. A través de los personajes y sus historias, reconocemos heridas, miedos o deseos que permanecían ocultos. Entonces ocurre algo íntimo y revelador: las palabras de otros iluminan aquello que no sabíamos decir, o, quizá, aquello que no nos atrevíamos a nombrar.

Y aquí añado una frase de Kafka en una carta a Oskar Pollak, que resulta especialmente potente y subraya esta idea:

«Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros».

Aunque esta es su primera novela, la escritura lleva acompañándola toda la vida ¿Qué cambio para decidir finalmente compartir sus historias con los lectores?

Lo he comentado alguna vez. Escribo desde que aprendí a leer. Primero empecé a escribir mi diario, que tenía una candadito y una llave; después vinieron más diarios, la poesía en la adolescencia y, más tarde, los cuentos infantiles… (Por cierto que todos esos cuadernos y diarios los guardo todavía).

Sin embargo, me sentía insegura y me daba mucho pudor que los demás pudiesen leer lo que había escrito. Sobre todo, no estaba preparada para recibir críticas. Todo cambió cuando cumplí cincuenta años y mi amiga Carme Miquel ilustró uno de mis cuentos infantiles. A partir de ahí, me sentí más segura y, como dice en la solapa de Personas Normales ese primer gesto transformó unos escritos íntimos en textos visibles y compartidos, iniciando así mi trayectoria literaria.

También contribuyó a que siguiera escribiendo el hecho de que, una vez jubilada y entregada en cuerpo y alma a la lectura y la escritura, mis primeros cuentos para adultos encontraran una acogida tan cálida en el club de lectura técnica al que asistía.  Los comentarios fueron alentadores, y me dieron la confianza necesaria para seguir escribiendo relatos. Hasta que un día sentí que había llegado el momento de asumir un reto mayor: escribir una novela.

Empecé con mucha ilusión porque mis cuentos gustaban, pero pronto descubrí que era un desafío enorme. Hasta entonces había navegado en una pequeña barca y, de repente, me disponía a llevar a puerto un transatlántico. Por eso me sentí profundamente feliz cuando puse la palabra «fin» al término de la novela. Había llegado a puerto.

Y, después de todo lo que he disfrutado y padecido durante el proceso de escritura, creo que ya estoy preparada para la siguiente que, por cierto, ya he empezado a escribir.

¿Qué le gustaría que sintiera el lector al cerrar Personas normales y enfrentarse a todo lo que la novela revela sobre el dolor, la culpa y la condición humana?

Sobre todo, me gustaría que el lector quedara atrapado en la trama y en la vida de los personajes, y que pudiera habitar, aunque fuera por un instante, sus emociones más íntimas: sus miedos, sus contradicciones, sus silencios. Que la lectura le remueva por dentro, le incomode incluso, y le obligue a detenerse a pensar qué haría en una situación similar.

Y, una vez cerrada la novela, me gustaría que persistiera esa pregunta silenciosa que a veces solo deja la buena literatura —salvando las distancias—, y que el lector se detenga a pensar con qué personaje ha sentido mayor cercanía y por qué. Porque en esa elección, en esa afinidad a veces inesperada o incluso incómoda, se abre una mirada más introspectiva y reveladora: una forma de leerse a uno mismo a través de los otros y de reconocer, quizá, aquello que no sabíamos que también nos habitaba.

Y, sobre todo, que disfrute de la lectura tanto como yo al escribirla. Si es así, ojalá le apetezca recomendarla y compartir sus impresiones; estaré encantada de recibir sus comentarios en @marpastorfranco.”

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