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«La ironía es una forma de enriquecer lo positivo de lo cotidiano y distanciarse de lo negativo», Antonio Villar

«La ironía es una forma de enriquecer lo positivo de lo cotidiano y distanciarse de lo negativo», Antonio Villar

Antonio Villar nació en San Vicente del Raspeig (Alicante) y creció en Jaca (Huesca), donde cursó el bachillerato. Licenciado en Economía por la Universidad de Valencia y Doctor of Philosophy por la Universidad de Oxford, es catedrático de Economía en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Investigador de amplia trayectoria, ha publicado una veintena de libros académicos y más de cien artículos científicos. Su carrera internacional lo ha llevado a vivir en Inglaterra, Estados Unidos, Italia y Francia. Amante de la lectura, la escritura y la música, Villar debuta en la narrativa con una mirada irónica y aguda sobre la condición humana.

Hígados al Brandy reúne relatos ambientados en Sevilla. ¿Qué le inspira de esta ciudad para convertirla en escenario literario?

He pasado veinte buenos años en Sevilla, una ciudad con la que no tenía ninguna conexión previa y que me ha tratado muy bien. Sevilla es una ciudad muy literaria, tanto como paisaje urbano como por su paisaje social, con elementos característicos, que no se encuentran en otros lugares. Es un magnífico escenario para contar historias, rico y flexible. En realidad, muchas de estas historias podrían haber ocurrido en otros lugares, a excepción de alguna muy concreta, porque hablan de cosas que son independientes de ese escenario. Pero ambientarlas en este entorno les da  «un color especial», como dice la canción, y una unidad que liga todos los relatos.

En estos cuentos destaca una mirada irónica sobre la vida cotidiana. ¿La ironía es para usted una herramienta literaria, una actitud vital o ambas?

La ironía es una forma de no tomarse muy en serio a uno mismo, unas gafas amables con las que mirar desde otro ángulo cosas cotidianas. Cosas a las que no prestamos atención porque forman parte del paisaje. La ironía refleja una sorpresa, una incoherencia asumida o un sinsentido emboscado. Siempre me ha seducido poder encontrar cosas que están ahí, pero que no solemos ver, pasando al primer plano alguno de esos componentes a los que no prestamos mucha atención. La ironía es una forma de enriquecer lo positivo de lo cotidiano y distanciarse de lo negativo. Supone hacer más interesante la realidad de cada día.

Así que diría que ambas, que la ironía como herramienta literaria surge de una actitud vital que trata de no tomarse demasiado a pecho todo lo que ocurre alrededor. No es tanto una actitud espontánea como un arma psicológica de defensa, que ayuda a hacer la realidad más llevadera.

Muchos relatos abordan ambición, poder y pequeñas miserias humanas. ¿Cuánto hay de observación personal en estas historias?

Las historias se construyen a partir de vivencias, lecturas, observaciones y fantasía, combinadas en dosis diversas. Todas las historias de Hígados al brandy tienen su origen en algún hecho real, que uno procesa inconscientemente y en algún momento aflora como una sugerencia. Decía François Jacob (Premio Nobel de Medicina en 1965) hablando de la selección natural, que la naturaleza no trabaja como un ingeniero sino como un chapucero, un chapucero que todavía no sabe qué va a producir, pero recupera todo lo que cae en sus manos. Aprovecha todo lo que encuentra a su alrededor para construir algo que pueda ser útil en algún momento. Algo así veo yo el proceso de creación de estas historias. Uno recoge de forma desordenada y no necesariamente intencional información, imágenes, impresiones y experiencias que va echando en el zurrón de las cosas vividas y luego trabaja con ellas para construir historias. Es como ir guardando piezas irregulares de un Lego  particular, par ir luego buscando aquellas que mejor encajan para crear una figura. Al final, el resultado depende del encaje entre esas piezas y la figura que uno tiene en mente.

Me gusta centrarme en las cosas cotidianas porque me resultan cercanas. Es en el ámbito de esa cotidianeidad sin grandes brillos en el que desarrollamos nuestras vidas y es ahí donde busco el atractivo de las historias.

El relato que da título al libro presenta a un abogado con aspiraciones muy particulares. ¿Cómo construyó a este personaje tan singular?

Durante una temporada, cada mañana cuando salía a trabajar me cruzaba con un señor muy trajeado y repeinado, con pinta de jefe de planta de El Corte Inglés. En el viaje en metro hacia la universidad me entretenía en inventarme una vida para aquel señor de quien no sabía nada. Y así fue creciendo el personaje que trajo consigo otros para armar una historia que también desvela cosas del autor. Lo de la envidia por el piano-bar de Clint Eastwood es un reflejo de un músico que no llegó a serlo, cuando cambié la guitarra por los estudios.

El otro personaje de la historia, el camarero, permite desarrollar la idea de una coalición vital de dos personas con un origen y una trayectoria vital muy distinta. Una coalición que nace de una creativa melopea sobrevenida.

En El catedrático, obra que le valió el Premio Talento en los Premios Caligrama, Gerardo Soriano pasa del éxito académico y empresarial a una situación límite. ¿Quiso explorar la fragilidad del prestigio y la reputación?

Más que la fragilidad del éxito, que también, es la implicación del proceso de abandono progresivo de los principios. Cada pequeña renuncia es poco relevante, pero llega un momento que la acumulación es irreversible. Como cuando te pasas jugando al siete y medio. Esto es lo que ejemplifica la trayectoria de este profesor abducido por las luces del éxito económico y el poder. Otra cosa que ilustra esta historia es que a veces la realidad es más compleja de lo que parece, incluso para las personas inteligentes, porque siempre hay alguien más listo o con menos escrúpulos que tú, gente que tiene su propia agenda. En todo caso, no hay ninguna intención moralizante o de «dar un mensaje». Esta es simplemente una historia para disfrutarla, sin más pretensiones.

La investigación del comisario Sila conecta la novela con el crimen organizado en Nápoles. ¿Cómo fue el proceso de documentación para esta trama?

Así como Sevilla es un escenario atractivo para los relatos de Hígados al brandy , Nápoles es un entorno creíble para la actividad del crimen organizado. La penetración de La Camorra en la sociedad napolitana, al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, proporciona un buen marco de referencia para el comisario Sila. La Camorra napolitana es seguramente la organización más violenta de todas las conocidas, con más de 3.600 asesinatos a sus espaldas desde 1979, muchos de ellos de gente que pasaba por allí. Más muertos que los de la Mafia Siciliana, la ‘Ndrangueta calabresa o todos los clanes albaneses juntos. Más muertos que la suma de las personas asesinadas por ETA en España, por el IRA en el Reino Unido y por las Brigadas Rojas en Italia, durante toda su historia.

Una vez elegido Nápoles como escenario, documentar el entorno tiene que ver tanto con asegurar la coherencia del relato como con la genuina curiosidad por el fenómeno del crimen organizado en el sur de Italia. Una forma de tratar de entender fenómenos sociales de esta naturaleza. Más que cómo actúan me interesa cómo se explica su existencia, su capilaridad en la sociedad y su resiliencia. De dónde deriva esa funcionalidad que les da aliento y penetración social. La Camorra es la «empresa» de mayor tamaño de la región Campania, tanto por su volumen de facturación como por el número de  «empleados» (se calcula que cuenta con unos 7.000 miembros en total, de los cuales al menso 5.000 han pasado por la cárcel). Es, además, una organización poliédrica, sin una estructura jerárquica como la mafia, sino un conglomerado de «familias» que se reparten el territorio mediante acuerdos y luchas continuadas. Eso abre mucho el juego, desde un punto de vista literario.

¿Qué simboliza el inesperado giro vital que lleva al protagonista a fregar suelos en San Francisco?

Ese giro representa el peligro de embarcarte en una nave que en realidad no sabes hacia dónde va, porque no te has parado a pensar en quién está a los mandos. El protagonista es manipulado por otra gente que mueve los hilos en función de sus propios intereses. Cuando comprende la situación decide huir, porque se da cuenta de que el mundo de éxito y poder en que vivía era un espejismo, para el que no tenía recambio.

El infortunio, en parte propiciado por sus decisiones y en parte casual, termina por llevarle a una actividad marginal, escondido entre los hispanos del puerto de San Francisco y dejando de ser quien era.

¿Existe algún paralelismo entre su propia trayectoria académica y la del protagonista de El catedrático?

No. Nunca he sentido el impulso de dejar la universidad para dedicarme a los negocios. El germen de la historia de El Catedrático es un anuncio en el periódico en el que un profesor que se ofrecía como persona de compañía. A partir de esa información anecdótica fui construyendo la trama, que luego derivó en una novela negra por mi querencia hacia ese tipo de literatura.

Lo que sí he aprovechado es mi conocimiento del medio universitario y de las motivaciones y los anhelos de algunos de sus miembros. Yo fui muchos años profesor en la Universidad de Alicante, que es donde comienza la historia. También tengo una relación muy estrecha con Italia, donde vivo parte del año. Todo eso ayuda, pero no hay nada de  «personal» en la historia.

Microeconomía nace como una revisión de un texto anterior. ¿Qué cambios conceptuales o pedagógicos consideró imprescindibles en esta nueva versión?

Aquí entramos en otro mundo. El libro Microeconomía es un manual para estudiantes de grado que surge, como es habitual, de las clases que impartía.

Siempre me ha gustado escribirme las clases con detalle, porque eso me permite pensarlas con cuidado y articularlas de manera sistemática. Escribir exige ordenar las ideas con más precisión. Así que después de un tiempo uno empieza a pensar que aquellas páginas podrían convertirse en un manual al uso.

Ya había escrito con anterioridad un par de manuales sobre el tema, pero iban dirigidos a unos estudiantes con una mayor formación matemática. En las carreras de cinco años, tal y como se cursaban en la Universidad de Alicante, se daban dos cursos completos de matemáticas y dos y medio de microeconomía. En la actualidad, en la mayoría de las facultades, se han reducido los requisitos de ambas materias. Este versión trata de adecuarse a esos cambios, haciendo un texto más sencillo e intuitivo.

¿Cómo logra equilibrar el rigor técnico necesario en un manual universitario con la claridad expositiva para los estudiantes?

Siempre es un equilibrio que hay que cuidar y que viene condicionado por el público al que va dirigido. Con los años he ido dando más espacio a las explicaciones intuitivas que a la precisión matemática, en textos para estudiantes de grado. En parte por necesidad, porque la formación matemática con la que llega la mayoría es muy escasa.

En todo caso siempre he defendido la utilidad de las formulaciones rigurosas y los razonamientos formales. El lenguaje matemático, como el musical, requiere una inversión no despreciable antes de poder usarlo con soltura. Pero es una inversión muy rentable, porque ambos lenguajes son muy precisos, permiten expresar las idas con rigor y comprender las ideas de otros. Sin olvidar que se trata de dos lenguajes universales.

Tras una extensa carrera como autor académico, ¿qué diferencias ha encontrado entre escribir ensayo económico y narrativa de ficción?

En los textos económicos el mapa es mucho más claro, hay un destino bien establecido y caminos para llegar hasta él. Sabes qué quieres contar, a qué público te diriges, cuáles son los instrumentos analíticos y narrativos adecuados…

En la narrativa de ficción todo está abierto, no hay caminos trazados, es como esquiar fuera de pista. Tienes una idea de lo que quieres contar pero el desarrollo de la trama adquiere vida propia y a veces te lleva a lugares que no pensabas visitar. La historia de El Catedrático no estaba concebida inicialmente como una novela policíaca, pero al final lo que era un personaje secundario, el comisario Sila, se convirtió en el protagonista de ésta y otras novelas que tengo pendientes de publicar. Un poco como pasó con el inspector Clouseau en la película de La Pantera Rosa que protagonizó David Niven.

¿Cree que su formación como economista influye también en la estructura o en la mirada analítica de sus obras literarias?

Diría que sí. Aunque no sé si soy la persona más adecuada para valorarlo, es lo que me dicen algunos de mis lectores.   Por una parte, me siento cómodo cuando los motivos económicos son los que explican las acciones, en particular las de los delincuentes. Me parecen pulsiones básicas, como el deseo o el afán de poder, son cosas que puedo manejar desde el punto de vista de armar una trama. No creo que fuera capaz de escribir historias de asesinos en serie, donde la maldad pura y dura está en el centro de la narración.

Por otra parte, supongo que el hábito de pensamiento analítico se traduce en la estructura de la historia y en la búsqueda de la lógica de los comportamientos de los personajes. Un amigo me decía al respecto, «se nota que eres de economía matemática» por mi forma de presentar los argumentos. Así que, seguramente se trata de una inercia presente en la construcción de los relatos. De hecho, ese juego entre lo analítico y lo filosófico aparece en la contraposición de Vespa y Russo, los dos inspectores del grupo del comisario Sila.

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