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«Ha sido muy interesante observar que cada lector parece encontrar una puerta de entrada diferente a la novela», Liliana Petrich

«Ha sido muy interesante observar que cada lector parece encontrar una puerta de entrada diferente a la novela», Liliana Petrich

Liliana Petrich ha desarrollado su trayectoria entre la investigación, la traducción y la edición científica, y ha vivido en Argentina, Singapur, Francia, Emiratos Árabes Unidos, España y el Reino Unido. Su recorrido profesional y vital ha moldeado una mirada rigurosa y abierta, capaz de tender puentes entre lo demostrable y aquello que se resiste a una explicación única. De ecos y reencuentros es su primera novela.

De ecos y reencuentros es una novela que entrelaza el presente y el pasado para explorar los misterios de la memoria, la identidad y las conexiones que trascienden el tiempo. A través de la historia de Isabela, una serie de coincidencias aparentemente imposibles la conducen a cuestionar todo aquello que creía comprender sobre sí misma y sobre la realidad. Su viaje, que comienza entre Argentina e Inglaterra, termina llevándola hasta el Languedoc medieval, donde la vida de Lýzabel parece entrelazarse con la suya de formas inesperadas. Con una narrativa envolvente y cargada de sensibilidad, Liliana Petrich invita al lector a reflexionar sobre las huellas que deja el pasado y la posibilidad de que ciertos vínculos permanezcan vivos más allá de los siglos.

¿Cómo nació la idea que dio origen a De ecos y reencuentros?

De ecos y reencuentros nació de una serie de coincidencias y experiencias relacionadas con Carcasona, en el sur de Francia, que me resultaron sumamente significativas. Aquellas vivencias despertaron preguntas que no conseguía responder desde la lógica, pero que tampoco estaba dispuesta a ignorar.

Por entonces venía de vivir varios años en Asia. Haber estado inmersa en culturas tan diversas expandió mi manera de entender la realidad. Esa apertura, unida a una formación basada en el análisis y el pensamiento científico, creó un terreno muy fértil: por un lado, necesitaba investigar y comprender; por otro, había descubierto que existen aspectos de la experiencia humana que parecen escapar a toda explicación racional.

Así nació De ecos y reencuentros: como un intento de transformar esas inquietudes en una historia, de la mano de dos protagonistas, dos mujeres separadas por ocho siglos: Isabela y Lýzabel. Más que ofrecer respuestas, quise invitar al lector a acompañarlas y encontrar las suyas propias.

¿Qué la inspiró a combinar escenarios como Argentina, Inglaterra y el Languedoc medieval en una misma historia?

Cada escenario representa una dimensión distinta del viaje de las protagonistas.

Argentina es el territorio de las raíces de Isabela: la Mendoza de las familias bodegueras, de los inmigrantes italianos y yugoslavos que cruzaron el océano con un baúl y un legado a cuestas, y de una educación estricta bajo la mirada de una nonna intransigente.

Inglaterra —Bristol, concretamente— representa su presente y la mirada analítica con la que Isabela intenta comprender, desde las herramientas de la ciencia, aquello que comienza a sucederle.

El Languedoc medieval, en cambio, es el mundo de Lýzabel: una joven que crece entre las murallas de Carcasona y el esplendor de la cultura occitana, mientras la intolerancia de la Cruzada Albigense amenaza con transformar su mundo para siempre.

Carcasona se convierte en el lugar donde, a través de los siglos, ambas historias comienzan a resonar y donde el pasado empieza a dialogar con el presente.

¿Quién fue el primer personaje que apareció en su imaginación: Isabela o Lýzabel?

Isabela apareció primero. Surgió del desconcierto que produce aquello que no encaja fácilmente dentro de nuestras certezas. Es una mujer de mentalidad analítica, acostumbrada a confiar en la razón y en aquello que puede demostrarse. Precisamente por eso, las experiencias que vive la obligan a cuestionar muchas de sus convicciones. Me interesaba explorar qué ocurre cuando alguien que ha construido su vida sobre el análisis empieza a enfrentarse a preguntas para las que la ciencia no siempre tiene una respuesta.

Lýzabel llegó después, a medida que profundizaba en la Occitania del siglo XIII. Apareció descendiendo al alba por la ladera que conduce al río Aude, recogiendo flores y hierbas sanadoras en su cesta de mimbre mientras la ciudadela de Carcassona despertaba lentamente a sus espaldas. Me conmovieron su inocencia, su conexión con la naturaleza y esa sabiduría serena que parecía heredada de generaciones. Poco a poco fueron surgiendo su voz, sus afectos, sus miedos y sus conflictos, hasta convertirse en una protagonista imprescindible.

Mientras Isabela representa la búsqueda desde la razón, Lýzabel encarna una forma más intuitiva y ancestral de comprender el mundo. El diálogo entre ambas terminó siendo uno de los ejes sobre los que se construyó De ecos y reencuentros.

¿Qué tipo de investigación realizó para recrear el contexto histórico del Languedoc medieval?

La investigación se desarrolló durante muchos años y tuvo dos vertientes principales. Por un lado, reconstruí la memoria familiar a partir de cartas, fotografías, documentos y relatos transmitidos de padres a hijos. Ese trabajo me permitió recuperar voces, silencios, migraciones, pérdidas y pequeños gestos cotidianos que terminaron dando profundidad y autenticidad a la trama contemporánea.

Por otro, me sumergí en el Languedoc medieval: el catarismo y su persecución, la posterior Inquisición y sus registros, la medicina de la Escuela de Montpellier, las rutas comerciales que unían la Corona de Aragón, Génova y las ferias de Champaña, así como los oficios, las costumbres, la vida cotidiana en un castrum como Fanjaus, la suerte de los faidits despojados de su tierra.

Pero la investigación no se limitó a reunir información. Quería que el lector sintiera que caminaba junto a los personajes por las callejuelas de Carcasona; que atravesara el patio del castillo de los Trencavel, se mezclara con el bullicio de un mercado medieval, percibiera el aroma de las hierbas medicinales secándose entre los muros de piedra, y compartiera el temor, la esperanza y los dilemas de quienes vivieron aquellos acontecimientos. En ese propósito, el aspecto lingüístico también fue muy importante para mí. Recurrí al occitano medieval, al languedociano y al latín, procurando conservar la autenticidad y el peso exacto de cada palabra.

Finalmente, visitar Carcasona fue igualmente decisivo. Perderme por sus callecitas adoquinadas, estremecerme ante la profundidad de sus pozos de agua y explorar el Château Comtal hicieron que aquel tiempo dejara de ser una sucesión de datos históricos para convertirse en un mundo vivo, que aún parece respirar entre sus murallas.

¿Qué significado tienen las sincronicidades dentro de la novela y en su visión personal?

Dentro de la novela, las sincronicidades son el punto de partida del viaje de Isabela. Son las que la llevan a cuestionar la manera en que interpreta la realidad y a emprender una búsqueda que acabará transformando profundamente su vida. A medida que el relato avanza, esas coincidencias se entrelazan con personajes, lugares y símbolos que parecen surgir en el momento preciso, e invitan al lector a cuestionarse si determinadas experiencias responden únicamente a la casualidad o si, en ocasiones, existen conexiones que no siempre alcanzamos a comprender. En lo personal, me interesan porque nos sitúan en ese territorio fascinante donde el azar y el significado parecen rozarse.

Creo que una de las grandes virtudes de la literatura es precisamente esa: permitirnos convivir con la incertidumbre y dejar resonando preguntas que nos acompañan incluso después de terminar el libro.

¿Cómo logró equilibrar los elementos históricos con los aspectos más espirituales y emocionales de la trama?

Desde el principio tuve claro que ninguna de esas dimensiones debía imponerse sobre las demás. El rigor histórico era imprescindible, pero también lo era que los personajes respiraran, se emocionaran, dudaran y evolucionaran.

Deseaba que el lector acompañara a Isabela en su intento de conciliar nuevas explicaciones con aquellas que hasta entonces había considerado válidas. Del mismo modo, quería que se adentrara en el universo medieval de Lýzabel y compartiera sus anhelos, sus dilemas y sus renuncias.

En mi opinión, esos elementos no son incompatibles; al contrario, se enriquecen mutuamente. La investigación me permitió comprender el mundo medieval; la literatura me permitió habitarlo. Fue precisamente en ese encuentro donde De ecos y reencuentros encontró su voz.

¿Qué representa para usted la memoria como eje central de la historia?

La memoria terminó convirtiéndose en el verdadero corazón de De ecos y reencuentros. Mientras escribía comprendí que la memoria no consiste simplemente en recuperar el pasado. Cada recuerdo se reconstruye desde el presente y, al hacerlo, nos transforma. La memoria no es un archivo inmóvil, sino un proceso vivo que participa constantemente en la construcción de quiénes somos.

En la novela, esa memoria se manifiesta de muchas maneras: en cartas y fotografías familiares que impulsan la búsqueda de Isabela; en las piedras centenarias de Carcasona, testigos silenciosos del paso del tiempo; en un viejo roble que permanece en pie mientras cambian los siglos; y, sobre todo, en dos mujeres que, aunque separadas por ochocientos años, parecen debatirse con las mismas incertidumbres.

Creo que todos heredamos mucho más que rasgos físicos o una historia familiar. También recibimos silencios, heridas, fortalezas y valores que, muchas veces, siguen influyendo en nosotros sin que seamos plenamente conscientes de ello. En este sentido, la novela invita a reconciliarnos con nuestro pasado para comprender mejor quiénes somos y decidir, con mayor libertad, quiénes queremos llegar a ser.

¿Cree que los lugares pueden conservar la energía o la huella de quienes los habitaron?

No tengo una respuesta definitiva para esta pregunta. Solo puedo hablar de mi propia experiencia: hay lugares que despiertan en nosotros emociones, una extraña sensación de familiaridad y cuestionamientos difíciles de explicar.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió en Carcasona. Mientras recorría la ciudad amurallada experimenté una profunda sensación de angustia que no lograba relacionar con mi presente. Aquel lugar parecía despertar algo que no comprendía, pero que no conseguía acallar. No encontré una respuesta; encontré una pregunta. Y fue precisamente esa pregunta la que terminó dando origen a toda la novela.

¿Hubo algún momento durante la escritura en el que la historia tomó un rumbo inesperado?

Sí. Al principio creía que estaba escribiendo una novela nacida de una investigación histórica y de una reconstrucción de la memoria familiar. Sin embargo, a medida que avanzaba, algunos personajes fueron reclamando un lugar mucho más importante del que les había reservado inicialmente. Elyon, por ejemplo, el fiel servidor de Lýzabel, iba a desempeñar un papel secundario y terminó convirtiéndose en uno de los pilares emocionales de la trama medieval.

Al mismo tiempo, fui descubriendo autores e investigadores que abordaban con enorme seriedad cuestiones muy cercanas a algunas de las inquietudes que habían dado origen a la novela. Aquellas lecturas no respondían necesariamente a mis interrogantes, pero me hicieron comprender que no estaba explorando un territorio tan solitario como había imaginado.

Eso cambió mi manera de escribir. Dejé de suavizar algunas de las posibilidades que la novela planteaba por temor a que parecieran demasiado audaces y empecé a confiar más en el lector.

¿Qué desafíos encontró al escribir dos líneas temporales que terminan convergiendo?

El mayor desafío fue escribir dos tramas capaces de sostenerse por sí mismas y, al mismo tiempo, dialogar constantemente entre ellas. Cada una con su propia voz, su propio ritmo y su propio universo, pero sin imponerse sobre la otra.

No quería que el lector sintiera que abandonaba una para entrar en otra. Mi deseo era que, al terminar un capítulo de Isabela, sintiera la necesidad de regresar a Lýzabel y que, al despedirse de Lýzabel, quisiera volver cuanto antes junto a Isabela. Para lograrlo, procuré que ambas avanzaran con un pulso narrativo similar y conversaran entre sí de manera muy sutil. Más que establecer paralelismos evidentes, me interesaba crear nexos: una emoción, un gesto, un objeto o una decisión que resonaran de un tiempo a otro.

Confié en la inteligencia del lector. Preferí sugerir antes que explicar y dejar que cada uno descubriera esas resonancias a medida que avanzaba en la lectura.

¿Hay experiencias personales que influyeran en la construcción de la novela?

Las hay, aunque el propio epígrafe de la novela deja claro desde el inicio la relación que De ecos y reencuentros mantiene con la experiencia personal: «Inventado de lo vivido, vivido de lo soñado. Ni del todo real ni apenas ficticio».

Mi historia familiar fue uno de los puntos de partida, junto con los viajes, la investigación histórica y muchas de las reflexiones que me han acompañado durante años. Pero llegó un momento en que la historia dejó de pertenecerme por completo. Isabela empezó a reaccionar de maneras que yo no había anticipado y Lýzabel adquirió una fuerza inesperada. Dejaron de ser personajes nacidos de una idea para convertirse en personas con voz propia. Creo que fue entonces cuando la ficción cobró vida: cuando el autor deja de dirigir por completo el relato y empieza también a descubrirlo junto al lector.

¿Qué espera que los lectores sientan al acompañar a Isabela en su viaje de descubrimiento?

Me gustaría que el lector sintiera que también ha emprendido su propio viaje. Que la curiosidad de Isabela acabara convirtiéndose, poco a poco, en la suya. Espero que se emocione con los personajes, los acompañe en sus alegrías y sus pérdidas y que, al cerrar el libro, tenga la sensación de despedirse de personas que realmente ha conocido.

Pero, sobre todo, me gustaría que la novela despertara una mirada distinta. Que invitara a mirar de otra manera la memoria, los vínculos familiares y aquellas coincidencias que, con el paso del tiempo, adquieren un mayor significado.

Si, después de terminar la novela, alguien siente el deseo de revisitar su historia familiar o de cuestionarse posibilidades que antes nunca se había planteado, sentiré que De ecos y reencuentros ha cumplido su propósito.

¿Cómo han reaccionado los lectores ante los temas de la identidad, la memoria y las conexiones que parecen trascender el tiempo?

Ha sido muy interesante observar que cada lector parece encontrar una puerta de entrada diferente a la novela. Algunos conectan especialmente con la reconstrucción de la memoria familiar; otros, con la dimensión histórica, la búsqueda de identidad o con esa dimensión más abierta de la novela que invita a contemplar distintas posibilidades.

Me ha emocionado la apertura con la que los lectores se han acercado al relato. Personas con trayectorias y sensibilidades muy distintas me han confiado que la novela los llevó a mirar de otra manera su propia historia familiar o aspectos de sí mismos que nunca antes habían explorado.

Eso me confirma que una novela no necesita ofrecer una única interpretación para generar un diálogo profundo. Al contrario, creo que su mayor riqueza está en permitir que cada lector encuentre en ella una resonancia diferente. Como autora, no hay mayor satisfacción que sentir que una ficción deja de pertenecerte y empieza a formar parte de la experiencia de quienes la leen.

Si pudiera conversar con Isabela después del final de la novela, ¿qué le preguntaría?

Le preguntaría si volvería a emprender el mismo viaje sabiendo todo lo que iba a descubrir, todo lo que tendría que dejar atrás y que nunca volvería a ser la misma persona. Me gusta pensar que respondería que sí porque, al final, tanto ella como yo comprendimos que el verdadero viaje no consiste en encontrar todas las respuestas, sino en aprender a convivir con aquellas preguntas que quizá nunca sepamos responder.

Después de De ecos y reencuentros, ¿qué historias o temas le gustaría explorar en sus próximos proyectos literarios?

Me gustaría seguir dando voz a personajes, especialmente mujeres, que, desde distintos tiempos y lugares, se atrevan a cuestionar los límites que les fueron impuestos y descubran, en ese proceso, una fortaleza que desconocían.

También me gustaría seguir escribiendo ficción histórica, porque permite reconstruir el pasado desde la mirada íntima de quienes lo vivieron, no solo desde la perspectiva de los grandes acontecimientos. De ecos y reencuentros me enseñó que la Historia está hecha, sobre todo, de personas: de mujeres y hombres que amaron, dudaron, lucharon, ganaron o perdieron, igual que cualquiera de nosotros.

Me interesa profundizar en esas experiencias humanas que atraviesan el tiempo y nos recuerdan que, pese a las distancias y los siglos, seguimos compartiendo, en esencia, los mismos anhelos y los mismos interrogantes. Ese es el camino que me gustaría seguir recorriendo como escritora.

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