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Días de feria 2 (FIL de Monterrey) Cuando los libros queman, y no solo por el sol

Días de feria 2 (FIL de Monterrey) Cuando los libros queman, y no solo por el sol

Publicamos la segunda, y última parte, de este diario de la FIL de Monterrey que América Gutiérrez, colaboradora de este medio, ha querido compartir con nosotros junto con algunas entrevistas que nos acercan, a los que más lejos estamos, a la feria más importante del norte de México.

Cuando los libros queman, y no solo por el sol

Sé que el pretexto más trivial para iniciar o sostener una conversación siempre será el clima, el calor de Monterrey se convirtió en un compañero constante durante estos últimos dos días en la Feria del Libro. Solo el viernes una nube se atrevió a suavizar la transpiración de mis caminatas, recordándome un dato útil para introducciones como esta: una declaración de García Márquez sobre El otoño del patriarca, en la que aseguraba que no conseguía la temperatura ideal para contar su historia: «No logro que haga calor en el libro. Pongo que hace calor y no hace».

Esta es la ruta de dos días por una que alternó encuentros fortuitos y otros marcados en mi resistente programa de mano. El jueves llegué a una de las sesiones del III Congreso de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), justo a tiempo para la última mesa del día. Amanda Mijangos, María Ruiz y Paloma Valdivia, moderadas por Dalina Flores, compartieron sus experiencias sobre la ilustración como un lenguaje propio, con historia, ritmo y autonomía dentro de la industria editorial. En esta charla la palabra «ilustrar» recupera su sentido original del latín illustrare: iluminar, sacar a la luz, y se revela como un papel esencial en la creación de mundos narrativos para las infancias.

Ese mismo día llegué corriendo un evento marcado en mi agenda. El auditorio de Formación Humanista Tec ya estaba lleno y Jumko Ogata, autora de ¡Quiero ser antirracista!, ya daba detalles sobre su ensayo, que no pretende dictar respuestas, sino abrir conversaciones. «Tal vez mis lectores no puedan contestarme en ese momento, pero la idea es que se lleven la conversación consigo, que hagan suyo el libro y lo incorporen a su vida». Explicó que las opresiones no deberían separarse: género, clase, color de piel, todo se cruza. Propone aprender a habitar la incomodidad, aceptando que incluso con buena intención podemos reproducir la violencia. Habló del humor, de cómo puede cuestionar o reforzar lo que lastima, y del racismo que no se reconoce, disfrazado de cumplido o chiste. Salí con la sensación de que su libro no busca tranquilizar a nadie, y que esas son las lecturas que debemos priorizar en los tiempos que corren.

Una de las actividades más singulares en el marco de la feria fue LuchaLibro Tec 2025, competencia que combina literatura e improvisación. Los participantes creaban historias en tiempo real a partir de palabras sorpresa. Vi la final, que tuvo giros narrativos notables y cuya vencedora indiscutible fue Natalia Mares Del Bosque, estudiante de Comunicación y Producción Digital.

El jueves terminó con una charla llena de fascinación científica: Naief Yehya y Andrés Cota hablaron de hongos y parásitos, y lograron que incluso el estudiante más distraído que rondaba por el auditorio Humanidades Digitales Tec se maravillara ante mundos invisibles e inteligentes.

Al día siguiente, llegué directo a la conversación encabezada las voces de la guionista y escritora colombiana Yurieth Romero y Jumko Ogata resonaron en una conversación que se sintió urgente y lúcida. Bajo la moderación de Catalina Ceballos, el diálogo Afrofeminismos: coordenadas y propuestas partió de una idea sencilla y contundente: e»l feminismo hegemónico blanco no alcanza para todas. Romero habló con calma de lo que significa asumirse afrofeminista, no desde la queja sino desde la conciencia. «No son dolores que nos inventamos, pero sí los cargamos histórica y emocionalmente, porque la iniquidad existe, porque seguimos siendo cuerpos racializados en un sistema que reproduce desigualdades. Por su parte Jumko Ogata, cuestionó la tendencia de algunos feminismos a desligarse de otras luchas, a suponer que los problemas de las mujeres son los mismos sin importar el contexto. Se habló de interseccionalidad, del cuidado, de separar maternar como imposición o carga de una práctica voluntaria que redefine el sentido del acompañamiento.

Decidí cerrar mi viernes con literatura colombiana. Desde mi asiento vi subir al escenario a Lina María Parra, acompañada de su editora Cecilia Castro y Majo Zulaica. La autora contó que su novela nació de una conversación con su madre y de la imagen de una maestra y una niña, que le permitió abordar temas de brujería que hasta entonces se había guardado. Así surgieron los personajes de Ana Gregoria y Soledad, protagonistas de una historia donde una maestra y su alumna aprenden brujería, mientras enfrentan el miedo y la pérdida. Lina María Parra explicó que la muerte del padre no es solo un hecho, sino un elemento que une a los personajes en un entramado donde la brujería funciona como lenguaje de aprendizaje y herramienta. Para ella, la brujería no es buena ni mala, sino un saber que depende de quién lo practique. Distingue entre las brujas latinoamericanas, que ejercen saberes colectivos a través de rituales comunitarios, y las «brujas imperialistas», cuyos poderes surgen de lo individual, dos tradiciones que buscó unir en su ejercicio literario, y reflexionó sobre cómo los colonialismos que nos preceden han malinterpretado muchas de estas prácticas, llamando «brujería» a lo que en realidad son tradiciones afrodescendientes cargadas de conocimiento ancestral y gestos de resistencia.

Después de estos días en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, más que despedirme con nostalgia, me gustaría dejar un hasta luego e irme lentamente por chicharrones de “La Ramos”.

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