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Diarios de Bogotá 3. Un acento, una vaca, y una duda existencial

Diarios de Bogotá 3. Un acento, una vaca, y una duda existencial

Amanece en Bogotá y para mi amanece temprano. Aunque no quiera aceptarlo, me hago mayor y, dando igual la hora a la que me acueste mi reloj biológico me despierta a la 1 de la madrugada bogotana, es decir las 8 de la mañana en Madrid. No es preocupante porque enseguida me vuelvo a dormir, pero quizá tengamos que forzar la máquina y disfrutar de alguna fiesta para evitar estas molestias…

Pero como les decía, amanece temprano, son las 6 de la mañana y mi cuerpo está alerta, hoy tengo un día duro por delante con más de 10 entrevistas incluyendo algunas que me generan bastante respeto. Además, tener tantas entrevistas no significa solamente sentarte delante de un micrófono a charlar con las personas, hay una preparación previa y, sobre todo, una tensión porque los horarios se cumplan. Toca estar pendiente del móvil por ese autor que se retrasa, esa agente que te dijo que su representada vendría a hablar contigo y a 5 minutos de empezar la entrevista te llama para decirte que tiene una firma de libros en la otra punta de Bogotá…

El acento español, orgullo y prejuicios

Bajo a desayunar y, como cada día, recito el número de mi habitación: «Me alojo en la 745». Y, como ayer, recibo la misma respuesta «Bienvenido señor Lorenzo, las mesas de Iberia están al fondo del comedor». Rápidamente saco de su error a la amable chica y ya, de una, le preguntó por qué siempre me manda a las mesas de Iberia y no a las de la FILBo. La respuesta es sencilla «Señor, es que usted habla como la tripulación de Iberia». No obstante, en lugar de ofenderme, debería enorgullecerme, ella piensa que este orondo culo puede pasearse por los pasillos de un avión sin generar ningún tipo de problema o atasco.

La vaca que muge

Una vez he desayunado y tras recibir, como cada mañana, el afectuoso saludo preocupado de Adriana, la directora de la feria, me dirijo al set de entrevistas. Hoy en un día duro, periodistas, autores y autoras, editores, representantes de las organizaciones del sector… Pero, al mismo tiempo, va a ser un día muy interesante.

Mientras grabamos la segunda entrevista del día, con Jorge Carrión, uno de los invitados estelares de esta FILBo, llegaría la anécdota de la jornada. Nos encontrábamos charlando tranquilamente de, como no, inteligencia artificial, cuando de repente por nuestros cascos escuchamos un fuerte mugido. Ambos nos miramos, y expresamos en voz alta nuestro asombro: «¿Eso era una vaca?». Nos parecía surrealista, estábamos dentro del recinto ferial y, si bien es cierto que las ventanas daban a la Avenida de la Esperanza, la calle, al menos durante la FILBo, tiene mucho ruido, pero de coches, bocinas y gente, pero una vaca era algo inimaginable. Si en postproducción no han editado el momento podrán vernos y escuchar a la vaca en el videopodcast que hemos realizado en la FILBo gracias a Zebralution.

El corazón esponjado

Si tuviera que resumir mi experiencia en la feria en dos palabras esta tendría para mi nombre de mujer: Luciany Aparecida, la autora de Mata Doce, representante de los autores brasileños en esta feria. Había conseguido una entrevista con ella gracias a unos buenos amigos, Juan Camilo y Natalia, a las 14:30. A las 14:05 recibo un whatsapp suyo en el que me avisa que está saliendo del hotel y rápidamente me advierte de que está lloviendo mucho. Quedo con ella en el pabellón de Brasil, país invitado de honor, y me saluda con una sonrisa que difícilmente olvidaré, es una mujer feliz, no puedo imaginar a nadie que esté disfrutando más de esta FILBo. Tiene 41 años y en su rostro se refleja la ilusión de una niña y, a mi, que soy más o menos de su edad, me asombra su resistencia al desaliento y a los sinsabores de esta industria.

Caminamos juntos al set guarecidos por su paraguas. Ha venido sola al set, sin agente, ni jefe de prensa, ni editor que la acompañe, algo muy raro cuando una autora se enfrenta a una entrevista. Sus palabras, su voz, su sonrisa ilumina por si sola el set. La entrevista transcurre por lugares inesperados, la disfruto tanto que me da pena que termine… Creo que es la mejor entrevista que he hecho en mi vida, al menos la más humana. Acostumbrados a los corsés promocionales en los que se desenvuelven estas charlas que responden a la recordada frase de Francisco Umbral «yo he venido aquí a hablar de mi libro», David, el productor, y yo nos miramos, ambos tenemos una lágrima asomando y el corazón esponjado. Estense atentos a esta newsletter porque si se pierden esta entrevista se arrepentirán.

Una duda existencial

Una vez más un día agotador en la Feria. Tengo una invitación a una fiesta en elbarrio, pero mi cuerpo dice: «para». Así que, antes de llegar al hotel paso por el supermercado. Compro una carimañola y un quibé, y una botella de Manzana Postobón. Si como a mi, les gusta el ciclismo, sabrán que Manzana Postobón patrocinaba a un equipo ciclista pero, a lo mejor, no saben lo que es. Manzana Postobón es un refresco rosa fosforito, del color de un enjuague bucal que yo esperaba que supiera a manzana… Pero no. Tiene un sabor indescriptible, bueno, pero indescriptible. Entonces ¿por qué se llama Manzana Postobón? Tendré que preguntar por ahí si existe alguna manzana en Colombia con ese sabor, o que sea rosa fluorescente… A lo mejor en alguna frutería o supermercado, puedo encontrar en un mismo lineal, manzanas golden, granny smith, y postobón…

El bar del Hilton

Antes de subir a la habitación paso por el bar del hotel. Ese bar es el epicentro de los chismes del sector… Autores, invitados, profesionales de dan cita en sus mesas, aunque estas no hay que reservarlas como en The Hoff. Allí, a la carrera, como siempre que nos vemos, me cruzó con mi querida Ingrid Bejerman, del Blue Metropolis de Montreal, que está con Carolina Orloff, editora de Charco Press, y con Cristina Fuentes La Roche, directora internacional del Hay Festival. Pero aún así disponemos de unos minutos para ponernos al día que me sirven para darme cuenta de como está creciendo la FILBo año tras año.

Muuuuu

Valga a modo de epílogo de esta entrada del diario la respuesta a la interrupción de la vaca. Las dudas que manteníamos Jorge y yo eran reales. La vaca que escuchamos no estaba allí entre el tráfico de Bogotá. El mugido provenía de una camioneta con forma de vaca. Su cometido no es otro que anunciar a los vecinos que ha llegado la vendedora de mazamorra paisa, un dulce típico hecho con maiz, leche y azúcar, por cierto, en la vaquita también venden arroz con leche.

Mazamorra

 

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