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Diarios de Bogotá 1. La vida es un baile de emociones

Diarios de Bogotá 1. La vida es un baile de emociones

Hoy comienzan estos diarios de Bogotá, y lo hacen con un título, que describe perfectamente mi primer fin de semana en la FILBo y, también he de confesarlo, lo que significa para mi venir a Bogotá. Pero comencemos por el principio porque yo les dejé en Buenos Aires tras disfrutar de una actuación de Fito Páez y deseando que la FILBo me acercara a Karol G, algo que de momento no ha ocurrido.

El ludismo (miedo)

La partida de Buenos Aires tuvo algo de accidentada, nada de lo que preocuparse, una anécdota más que contar a los amigos y a ustedes, por supuesto, a los que escribo como si nos conociéramos de toda la vida. Tras un último paseo por Corrientes y realizar unas pequeñas compras marché al aeropuerto. Allá, para mi sorpresa, en el puesto de migraciones, me dijeron que había excedido el tiempo de estancia en el país. Mi cara de sorpresa debió ser un poema, estas situaciones me suelen poner muy nervioso. Había llegado a Buenos Aires el martes y estaba saliendo el viernes de la misma semana… El funcionario de migraciones muy amablemente me comentó que mi última entrada a la Argentina de la que él tenía constancia era del 22 de abril de 2025. Yo le pregunté si no tenía registrada alguna salida, a lo que me contestó afirmativamente pero que, aunque supone que yo he debido volver a entrar en el país él no tiene constancia de la misma. Le informo de cuando llegué, en que vuelo lo hice, y ahí ya me di cuenta de lo que pasaba. «Claro, pasaste migraciones por la maquinita… Pues mira, por ahorrarte tiempo ahora te vas a quedar aquí hasta que mi superior pueda comprobar esto. Tanta maquinita, tanta maquinita, nos quieren sustituir por maquinitas y mirá, no funcionan». El tema se arregló en cuestión de minutos y pude disfrutar de un agradable, aunque largo vuelo, y llegar a Bogotá para arrancar una nueva etapa de este diario.

Los primeros desayunos (alegría)

Desayunar en el hotel de la FILBo siempre es una alegría, es algo que ya anuncian los colores de su amplia selección de frutas de nombres para mi desconocidos, y que se ve acrecentado por los encuentros. El hotel es el cuartel general de muchos de los que trabajamos en la feria, y sus desayunos, para mi, significan la charla sin imposturas, el abrazo tras mucho tiempo sin vernos, las risas recordando alguna anécdota de la noche anterior… A los reencuentros, algunos de ellos esperados con muchas ganas, se suman cada año una nuevas caras, como la de Chantal, que me parece una de las mejores casualidades que me han pasado en esta FILBo.

Un mapa descentralizado que renueva mi fe en esta industria (ilusión)

Decidí pasar este fin de semana en Bogotá en lugar de en Buenos Aires porque tenía muchas ganas de participar, aunque sea como oyente, del Encuentro de Ferias del Libro. Me paso la vida escribiendo sobre ellas y, ciertamente, desconozco muchísimo de sus preocupaciones, sus dificultades, sus proyectos, sus sueños. Poder escuchar a sus directoras y organizadoras, la gran mayoría de ellas mujeres, me reconcilia con una industria editorial a la que cada vez le veo más la cara de industria. De Valledupar a Bucaramanga, de Cali a Chocó, en el Salón Jorge Edwards se desplegó un mapa descentralizado de eventos con objetivos similares, acercar la lectura y los libros a las comunidades donde se integran, y también los mismos problemas, conseguir financiación para, un año más, poder realizar la feria. Sobran la ilusión y las ganas pero siempre falta plata.

25 de abril (saudade)

Para aquellos que me conocen saben que soy un gran lusófilo, el hecho de haber vivido en Lisboa siendo estudiante universitario hace que los vínculos con Portugal se estrechen. Como cada año, el 25 de abril, las calles de Lisboa tienen un especial espacio en mi recuerdo, escucho Grândola Vila Morena y, si puedo, sintonizo la RTP, para palpar el ambiente en las manifestaciones que suelen tener lugar en la capital portuguesa. Este año ha sido distinto, Portugal tiene estand en la FILBo, y un grupo muy amable de personas estaba repartiendo claveles. He tomado orgulloso mi clavel, que me ha acompañado todo el día. Pero lo que más me ha sorprendido es que la persona que me ha entregado el clavel, que se encontraba como una más allá sin darse ninguna relevancia era la embajadora de Portugal.

La crudeza de la no ficción (tristeza)

No estoy acostumbrado a ir en estos eventos a muchas presentaciones de libros, en este fin de semana he pasado por tres. Dos de ellas especialmente duras. La primera fue la presentación del último libro de la argentina Mariana Komiseroff. Bestias perfectas, que recoge el caso Lucio, un niño asesinado a por su madre y la novia de ella. En su obra, Komiseroff abre una conversación incómoda sobre violencia, maternidad, militancia, feminismos, sin querer contentar a nadie, haciendo preguntas que en una sociedad tan woke como la actual levantan ampollas y nos obligan a repensar nuestro discurso.

Igualmente, tuve la oportunidad de conocer el horror de cerca. De escuchar y poner cara a las madres de Soacha, a unas madres a las que el Gobierno les arrebató a sus hijos para hacerlos pasar como éxitos militares en la lucha contra las guerrillas. Sus voces transmitían esperanza, lucha, vida… El nudo en mi estómago solo hacía que afloraran lágrimas y más lágrimas.

Los alrededores (serenidad)

Una vez que la feria cierra sus puertas cada día uno tiene siempre muchas posibilidades. Tras una intensa feria de Buenos Aires y con la fragilidad emocional en la que me he encontrado este fin de semana no me sentía con fuerzas para sumarme a alguno de los múltiples planes en los que editores, autores, y gente de la industria se iban a unir. Planes con baile, eventos que acaban siendo redes de networking, o simplemente charlas sobre literatura. Tengo la suerte de que Bogotá me abraza como casa y de poder decir que, en estos espacios, a miles de kilómetros de casa, tengo amigas con las que poder tomar una cerveza tranquilamente, charlar del mar y de los peces, volver a la calma y abrazar la serenidad.

Bogotá, como siempre me revuelve, me renueva, me pone especialmente sensible. Quizá sea la falta de oxígeno, quizá solo el revivir momentos maravillosos y esperar con ilusión, cada año, que esos pequeños milagros vuelvan a suceder. Aún quedan muchos días por acá en este baile de emociones en el que seguiremos bailando. El que no baila, está muerto.

Sobre el Autor

Lorenzo Herrero

Acostumbrado a lidiar con departamentos de comunicación de España y América Latina un día decidió tomarse un descanso y dar el salto al mundo editorial enrolándose como Jefe de Ventas en una pequeña editorial española. Allí descubrió que las dificultades que había vivido como periodista en países en vías de desarrollo no eran nada al lado de la batalla que cada día hay que luchar para vender libros. El producto de ambas experiencias no podía ser otro que acabar en PublishNews como director escribiendo sobre el mundo del libro en español.

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